Transgénicos para salvar el mundo

El compa Miki (¡gracias!) nos hace llegar estas magníficas reflexiones sobre comercialización de la ciencia y transgénicos para abrir un buen debate:

“Cuando estaba en la escuela me pregunté “¿de dónde viene este conocimiento que está en el libro?” y empecé a pensar que quizás lo hubieran cogido de otro libro para mayores. Pero la pregunta seguía ahí… “¿y ese conocimiento, de dónde vino?” Tuvo que haber un primer momento donde alguien descubrió ese conocimiento y lo escribió en un libro. Y entonces me vino a la mente lo que luego se convertiría en mi vocación: investigar. Yo creía que los investigadores eran aquellas personas con bata blanca que hacían experimentos en los laboratorios para conocer cosas que nadie antes sabía. Y yo quería estar ahí, enfrentarme a lo desconocido y ofrecer esos conocimientos para que otros niños pudieran disfrutar entendiendo el mundo por primera vez. ¡Yo quería trabajar por el amor al conocimiento!

Hice realidad mi sueño durante la carrera de Biología, queriendo el azar que estuviera investigando sobre plantas. Aunque ahí pude comprobar que otras personas tenían otras aspiraciones más allá del conocimiento. Pensé que al salir de la Universidad vería ese amor puro por el conocimiento mucho más claramente. Y no es que no lo viera, al contrario, había momentos mágicos de maravillarse por los descubrimientos recientes. Pero en una ciencia basada en la competición, las presiones para publicar eran todavía más fuertes. En una ciencia maltratada por las instituciones la lucha por becas y contratos estaban también presentes. Lo que nunca entendí era esa obsesión por “acabar con el hambre en el mundo”.

Real17873_transgenicosmente es loable y bienintencionada, incluso muy bonita. A nadie le gusta ver morir de hambre a ninguna persona. La base del argumento es la siguiente: “como hay personas que tienen hambre, si incrementamos la producción de alimentos podremos acabar con el hambre en el mundo”. Aparentemente es un razonamiento muy lógico. Pero lo que descubrí al poner en duda las bases de esa motivación era algo que me defraudó profundamente. De nada valía argumentar que en el mundo se producen más alimentos de los que se necesitan, ni hablar de que un 33% de lo que se produce se tira, ni mucho menos hablar de cómo un tratado de libre comercio puede acabar con la agricultura de todo un país y causar hambre… Porque el mantra principal seguía usándose. De hecho, la respuesta más dramática suele ser: “eso que dices son cuestiones políticas y en ciencia no podemos meternos en política, nuestra misión es hacer posible que se puedan producir más alimentos”. No se dan cuenta de que no poner en duda todo un sistema agroindustrial es política. Pensar que lo que hay es lo que hay es legitimar lo que hay. Y es que intentar dar soluciones dentro de un paradigma es posicionarse a favor de ese paradigma. El sistema agrícola industrial es altamente dependiente del petróleo. Y tampoco sirve de nada alertar de los peligros de la crisis energética por el decrecimiento de la tasa de retorno de los yacimientos petrolíferos. Porque la respuesta que dan a los datos que expones es: “bueno, ya se descubrirá algo”. Y es que, como todo el mundo sabe, ante unos datos científicos la respuesta más legítima es: una creencia.

Sin embargo, lo que más me duele no es que te digan que “no te metas en política” cuando lo están haciendo sin darse cuenta, o que respondan con una creencia ante unos datos científicos. Sino que duele que al final te cuestionen porque tu motivación no es generar variedades transgénicas que una empresa pueda explotar para producir alimentos: “la biotecnología de plantas está para que las empresas biotecnológicas puedan producir más alimentos utilizando menos químicos, o lo puedan hacer en suelos más áridos o con menos nutrientes, o para que no les afecten las plagas, y si no entiendes esto no sé qué haces aquí”.

¿Y el amor por el conocimiento? Sí, el mismo amor por el conocimiento que me ha llevado a desconfiar de la efi-creencia en la efi-ciencia de las grandes multinacionales, el mismo amor por el conocimiento que me ha llevado a cuestionar las bases de un razonamiento que los datos desacreditan. Pero mi desconsuelo terminó cuando escuché al gran divulgador científico Carl Sagan en la serie ochentera “Cosmos: un viaje personal”. Escucharle a él frases como “no podemos seguir apostando por un modelo económico que agota los recursos y pone en peligro la supervivencia nuestra especie al alterar el clima y acabar con la diversidad” no sólo me dio esperanza, sino que me abrió los ojos sobre la situación actual. ¿Cómo es posible que lo que antes se decía en un programa de rigurosa divulgación científica ahora no pueda ser ni mencionado? ¿Cómo es que ahora defender las tesis de Vía Campesina, la mayor agrupación de campesinos del mundo, esté tan mal visto en ciencia y, sin embargo, citar las declaraciones de grandes directivos de compañías biotecnológicas sea tan bien valorado?

La respuesta es sencilla y Hegel la sabía: somos hijos de nuestro tiempo. Y es que todo sistema de pensamiento se enmarca en un contexto social, político y económico, y no puede ser entendido sin él. Pero ser conscientes de ello nos hace más libres y nos permite buscar un conocimiento mucho más universal, que es lo que la Ciencia de verdad busca. Si queremos hablar de acabar con el hambre en el mundo, ¡genial! Pero investiguemos con seriedad las causas socioeconómicas que la originan si queremos acabar con ella. Si queremos comprender cómo funcionan las plantas a nivel molecular, ¡genial! Disfrutemos de esta gran aventura que es la obtención de conocimiento, la investigación. Las aplicaciones prácticas llegarán, sin duda, pero antes necesitamos tener una Ciencia básica que no esté al servicio de los intereses de las grandes multinacionales de la agroindustria. Si nos mantenemos en un paradigma estrecho y avocado al fracaso, las posibles aplicaciones prácticas de entender un sistema descentralizado de gestión de la información tan bello y complejo como son las plantas no serán más que algo políticamente incorrecto en la ciencia. Cuando le perdamos el miedo a la verdad podremos llamarnos investigadores.”
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