El Árbol de la Ciencia

Por Dr. Alberto Pascual García (Titulado superior de investigación
Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC-UAM)). Publicado en La Vanguardia, Blog de los Lectores, sección “Colaboran”, el 1/7/2015

El Árbol de la Ciencia: así tituló Pío Baroja una de sus obras más celebradas, que construyó alimentada por su propia biografía. Nos narra la historia de un estudiante de medicina en el Madrid de finales del XIX que, al terminar su carrera, es destinado a Alcolea como médico de familia. Cuando uno encuentra en la biografía de Baroja que fue médico durante un corto periodo de tiempo y luego lee la novela, no puede evitar escapar un pensamiento del tipo: “no me extraña”. Porque en el libro se puede encontrar el hastío, la incertidumbre, la desidia hacia su propio país. Tan bien expuestos, que es fácil entender que muchos de estos sentimientos nacen de lo más íntimo de la dinámica – más bien estática – cultural de la España de la época. Con lo cual, uno se pregunta de qué árbol hablaba Baroja entonces.

El mejor modo de verlo es través de un fragmento del libro.  Me hubiera gustado reducirlo pero no he sido capaz de suprimir una letra. Hurtado, el protagonista, es médico (reflejo de Baroja)[1]:

“Unos días después, Hurtado se encontró en la calle con Fermín Ibarra. Fermín estaba desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón para andar.

—Un día de éstos me voy —le dijo Fermín.

—¿A dónde?

—Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No pienso estar aquí; probablemente no volveré.

—¿No? —No. Aquí no se puede hacer nada; tengo dos o tres patentes de cosas pensadas por mí, que creo que están bien; en Bélgica me las iban a comprar, pero yo he querido hacer primero una prueba en España, y me voy desalentado, descorazonado; aquí no se puede hacer nada.

—Eso no me choca —dijo Andrés—, aquí no hay ambiente para lo que tú haces.

—Ah, claro —repuso Ibarra—. Una invención supone la recapitulación, la síntesis de las fases de un descubrimiento; una invención es muchas veces una consecuencia tan fácil de los hechos anteriores, que casi se puede decir que se desprende ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a estudiar en España el proceso evolutivo de un descubrimiento? ¿Con qué medios? ¿En qué talleres? ¿En qué laboratorios?

—En ninguna parte.

—Pero en fin, a mí esto no me indigna —añadió Fermín—, lo que me indigna es la suspicacia, la mala intención, la petulancia de esta gente… Aquí no hay más que chulos y señoritos juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos hasta Cádiz…; políticos, militares, profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.

—Sí, es verdad.”

Pongamos que cambio “suspicacia” y “mala intención” por “corrupción” y que quito a algún chulo para meter a algún futbolista: tendría una carta al director en el siglo XXI escrita a finales del XIX. Así que parece que el árbol que describía Baroja era un árbol más bien seco y que, además, seguimos pintando el mismo árbol. Les doy ejemplos para demostrárselo.

El primero llega del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que es la primera institución de investigación en España por tamaño y producción científica. Y es pública. Resulta que tiene en su logotipo precisamente un árbol, probablemente inspirado por el texto fundacional de la ley que creó el organismo en 1939, en donde se entendía la institución como árbol en el que  “promover su armonioso incremento y su evolución homogénea, evitando el monstruoso desarrollo de algunas de sus ramas, con anquilosamiento de otras” lo que, curiosamente, resulta antagónico a la política del gobierno actual. De hecho, quizá se veía venir que sería más bien un árbol como el de Baroja porque, en la exposición de motivos, también se lee que la “gloriosa tradición científica” de la institución tendría lugar a través de la “restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII”.

Otro ejemplo viene del Instituto de Química Física Rocasolano, uno de los centros del CSIC. Fue creado en 1942 y se le dió este nombre por Antonio de Gregorio Rocasolano que, además de químico y académico relevante, no cuesta mucho encontrar que fue miembro de la Comisión Depuradora. Ya les digo que la función de dicha comisión no era precisamente la de depurar el agua, así que probablemente sientan un escalofrío al descubrir su verdadera función.

Quizá no les parezcan importantes estos ejemplos, pero reconocerán que es inquietante que el organismo estandarte del I+D español tenga esta estética, y les adelanto que el que haya científicos relevantes yéndose y pidiendo una refundación de la institución tiene que ver con esto. Pero les pongo un último ejemplo más tangible –para que no crean que quiero hablar de la memoria histórica–   cuyo origen es, además, reciente. Nos lo trae la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT)  que ha lanzado la plataforma en internet Precipita. Esta plataforma está orientada a “acercar la ciencia a la ciudadanía”, atrayendo fondos para pequeños proyectos científicos a través de financiación colectiva, conocido popularmente como “crowdfunding”.

Analicemos el ejemplo porque, ante la aparente bondad del mensaje –que podría considerarse un logro de la política científica del Gobierno dado que FECYT es una fundación pública–, surgen las preguntas. La principal función de FECYT es la de “potenciar el impacto en la sociedad de las diferentes iniciativas para desarrollar la cultura científica y de la innovación”. A ver si lo entiendo. FECYT como organismo que potencia “el impacto en la sociedad de las diferentes iniciativas (científicas)”, decide darlas a conocer no por el hecho de que se desarrolle “la cultura científica y de la innovación” –que sería una consecuencia–,  sino para que consigan financiación –como primer objetivo–. Así conseguimos que ciudadanos que consideran importantes los proyectos (porque aportan dinero), acepten que su financiación sea por este medio y no por sus impuestos. Qué astucia.

Claro que, como la propuesta surge en una región tan difusa para los españoles como es el quehacer científico, es difícil identificar que los 25.000 euros que se solicitan en alguno de los proyectos bien podrían ser para pagar un “becario” y que, traducido, es el sueldo de un científico en formación –o, en este país, incluso el de un científico hecho y derecho–. Igual de dramático que si imagináramos financiar por crowdfunding el sueldo de un profesor en un colegio público (y probablemente sin derecho a paro).

Mientras que en una sociedad crítica hubieran saltado las alarmas, nos encontramos con que consideramos que Precipita es una de las diez mejores innovaciones sociales de 2014, y el objetivo es seguir alimentándola. Con lo cual cabría preguntarse si el que los políticos que nos gobiernan nos gobiernen, el que en las manifestaciones por la ciencia vayamos únicamente científicos –y típicamente jóvenes–, o el que tengamos este logo en el CSIC, no es más que un reflejo de lo que somos: el mismo país que el de Baroja.

Porque lo que llamaba estática no es más que el anquilosamiento cultural que vivimos desde hace mucho tiempo, también científico, y estos ejemplos son, simplemente, su estética –la caspa–. Habría que quitársela de encima, pero es llamativo que los propios científicos no hacemos lo suficiente por agitar el inmovilismo de la cultura científica española. Si bien es cierto que la valoración que se hace de nuestro trabajo a la hora de conseguir un contrato se basa casi exclusivamente en nuestra producción científica –lo cual hace complicado que nos dediquemos a otras actividades como la divulgación– no es frecuente escuchar científicos que hablen (por ejemplo) de la necesidad de que la divulgación tenga relevancia en nuestra evaluación.

Y si no invertimos más esfuerzo en esto, si la sociedad no aprecia la ciencia como el fútbol o las cañas, los científicos volaremos (como ya volamos). Pero no volamos como siempre, es decir, porque es bueno para nuestra formación como científicos, sino que volamos sin opción remota de vuelta a casa y convertidos en leyenda urbana. Personalmente, me causa perplejidad ver el nivel de pasividad ante esta situación, y sobre todo la falta de militancia de muchos jefes de línea hacia acciones que pretenden cambiarla. Parece que nos esté sucendiendo lo que Caparrós ve que sucede en la sociedad argentina en referencia a las medidas del Gobierno sobre la violencia en el fútbol: “cuando sucede algo que nos parece intolerable (la medida que toma el gobierno), lo toleramos suponiendo que no va a durar mucho, dura mucho, nos olvidamos de que nos parecía intolerable, se convierte en la norma”.

Deberíamos estar en estado de excepción tras ver que se pueden suspender los sueldos del CSIC un año cualquiera por una falta de financiación del mismo orden de magnitud que el fichaje de un futbolista.  Por ver que se puede desmantelar un centro de investigación porque cuesta la mitad que el canon de fórmula uno. Por darnos cuenta de que “los Fermines” vuelan y Hurtado cambia de profesión desde hace más de un siglo. Y ese estado de excepción debería traducirse en un esfuerzo extraordinario por hacer llegar a la sociedad no tanto nuestros archiconocidos lloros por ser maltratados, sino la ciencia misma.

Porque la sociedad es quien vota. Y solo así quizá algún día hayamos movido tanto las entrañas de España que se determine que el logotipo del CSIC tenga que ser un árbol, no frondoso, sino seco: como el que nos pintaba en realidad Baroja, que adoptemos con vehemencia como recuerdo de lo que no queremos (volver a) ser.

[1]     Edición conmemorativa del centenario del nacimiento de Pío Baroja: 1973. Caro Raggio, Editor, Madrid, Ediciones Castilla, ISBN: 84-7035-029-3

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